Si la vida se midiera en intensidades y no por su duración, la de Gabriel Veyre (Lyon, 1871) sería como la de Jean Vigo, Henry Purcell o Arthur Rimbaud, de las más plenas.
Destinado a ser farmacéutico de provincias, muy joven conoce a los hermanos Lumière y es contratado como operador. Lleva el cinematógrafo a Venezuela, Cuba, Panamá, Colombia, México, Canadá, China, Indochina y Japón; se jubila con treinta años, pero recibe una llamada del Sultán de Marruecos para iniciarle en los misterios del cinematógrafo.
Curioso por naturaleza, como buen científico, era tan bajito que no le cabía ninguna duda; inventor, aventurero y romántico, sus imágenes anticipan las de Cornell Capa, Eisenstein e Yasuhiro Ozu. Pleno de intuición y modernidad, supo mirar a los hombres y mujeres sin exotismo, en su alteridad, con un gusto y sentido pictórico digno de Hergé. Amaba a los niños y los caballos, al cine y la fotografía por encima de todo, quizá excepto una botella de vino y una buena charla. No se lo pierdan. (J.R.)
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