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NOMBRES PROPIOS. JEAN-HENRI MEUNIER
documentamadrid JEAN-HENRI MEUNIER: UN CINEASTA QUE COMPARTE

No es inútil acordarse de que nuestra identidad social, en perpetuo movimiento, está sujeta a la vez a un saber compartido, a una cierta comunidad de recuerdos y de imaginaciones, a la manera de labrar, de navegar, de construir un barco, pero también a las tradiciones y a las cualidades del lenguaje, que generalmente dependen de los relatos que hemos oído de la boca de nuestros padres, maestros, novelistas o de cineastas como Jean-Henri Meunier, cuya mirada escudriña en amplitud y profundidad el mundo en el que vive para entenderlo antes de intentar hacérnoslo comprender.

Meunier tiene conciencia de la importancia del cine, del reto que representa y, en consecuencia, orienta su práctica hacia el ángulo de la actitud filosófica, es decir, bajo el prisma de la relación entre el arte y la sociedad, en un estado imperecedero de cuestionamiento en busca de la verdad.

Nacido el 2 de noviembre de 1949, Jean-Henri Meunier, fotógrafo autodidacta, dirige su primera película en 1975: L’adieu nu, con María Casares y Michel Lonsdale, gracias a su amistad con Henri Langlois, fundador de la Cinémathèque Française.

De 1976 a 1980, realiza varios films y conoce a Serge Gainsbourg, Jacques Higelin y Charlélie Couture, un recorrido que le predispone a encontrarse con Maurice Cullaz, entrañable octogenario, pero sobre todo amigo de todo el ámbito del jazz; gracias a quien hace varios documentales musicales entre los que está Smoothie, donde Cullaz aparece a la altura de su generosidad y de su amor al jazz y a los jazzmen. Se trata de la eclosión de una identidad narrativa negociada que irá afirmándose como el rasgo principal del cine de Jean-Henri Meunier, que no se detiene jamás, preocupado por evitar ver cómo se escapan las cosas que le importan de la vida.

Aborda primero una trilogía sobre la palpitación social de un pueblo: Najac en Aveyron, donde el cineasta decide instalarse para estar aún más cerca de la gente y poder así ir más allá con ella.

La primera parte, La vie comme elle va, fue emitida por el canal Arte en mayo de 2003, se estrenó en salas comerciales en marzo de 2004 y obtuvo el Grand Prix SCAM al Documental de Creación en ese mismo año. Asimismo fue nominada por la International Documentary Association (IDA) y por el National Film Board Documentary Award de Canadá.

La segunda, Ici Najac, à vous la terre, fue candidata al César al Mejor Documental y seleccionada por la Directors Guild Of America (DGA), así como por la International Documentary Association.

La tercera parte, Y a pire ailleurs (2012), es “tan bella como los astros que se mueven”. Se trata de un film que emite una luz que, sin duda, no percibe la gente apresurada, aquellos que no ven nada más aparte de su cuenta, de su carrera, de su certeza, de su juicio de valor, aquellos que también se han convertido en gestores de la misera estética… Aquí, no se mira sabiendo de antemano, pero se escucha, se capta el espíritu del hombre, sensible al soplo del viento, al fluir del agua, al verdor de la naturaleza, al cielo cambiante y resplandeciente, a la tierra que hiela, gotea, seca, que se abre, se cierra y se nutre al ritmo de las estaciones.

Jean-Henri Meunier sale al exterior, un poco más alla, con una mirada sincera, llena de deseo, de amor, de esperanza, que escudriña en profundidad el alma de la gente, de las cosas y del territorio de Najac. De pronto, el mecánico está en el hospital con la pelvis rota, y reclama su hogar, a sus amigos, a sus animales: “quiero volver pronto a casa o me voy a volver loco; no puedo estar sin trabajar”.

Hace una señal a la cámara, será la última, recogida sencillamente con un pudor que hace saltar las lágrimas. Su herencia repartida no está dispersa a los cuatro vientos, puesto que nos encontramos ante un garaje vacío donde cada uno viene a coger una rueda, un cabezal, algo de chatarra; como en un rito de incorporación para prolongar su vida en ellos, con ellos.

Auténtico film de duelo, Y a pire ailleurs muestra que el deseo de pertenencia nace también del deseo del otro; es la forma de una conciencia de felicidad y de sufrimiento de los hombres. Un cine que desprende un perfume que permanece.

Paralelamente, Jean-Henri Meunier no pudo resistirse a la llamada de la asociación Enfants de Don Quichotte, a quien decide acompañar al combate de Toulouse para obtener un techo y respeto para la gente que vive en la calle y ya no tiene nada. La obra resultante, Rien à Perdre (2010), nos recuerda que todo está por descubrir.

Es un cruce permanente de fronteras entre la superficie y la profundidad, allí donde lo oculto se torna visible hasta el surgimiento de otra jerarquía de las cosas, de los gestos y de sus relaciones. No se trata de un saber inamovible, sino más bien de una lección de humanismo donde nada es realmente anodino, y nunca definitivo. Se trata de un nuevo estado de transparencia donde se muestra la fraternidad en el corazón de Toulouse, filmado como nunca.

Es un vuelo de pájaro que se refleja en el agua dúctil de un río Garona contenido y apaciguado, un Garona cuyo surco líquido fertiliza los muelles en los que los cuerpos se desperezan, dormitan, se entrelazan, se acarician, se besan, se abrasan, donde se va a pie, se corre, se cruzan caminantes y soñadores; en resumen, donde se vive con plenitud, incluido el hombre sin techo y en lucha que protesta: “Esto va así, esto se quedará así; iremos hasta el final… —dice él—, no estoy solo, somos muchos en esta situación”. En efecto, está instalado en un campamento de Enfants de Don Quichotte en la esplanada 19 de Agosto de 1944 —llamada así por el día de la liberación de Toulouse—. El programa de la asociación se resume en una única consigna, “un techo es la ley”. “Ni una palabra más ni una palabra menos”, dice un transeúnte solidario, como la película, cuyo montaje es el de una rapsodia preocupada por unir a quien no tiene más que una mano que tender y que nunca coge nadie.

La obra no escatima ningún sufrimiento, ninguna duda, ninguna contradicción, no busca una perfección que acabe por convertirse en una falsificación de la verdad. Transcurre bajo el sol, en la nieve donde el grupo tirita, pero resiste e insiste entonces en que la película persiste en la recuperación de un deseo de construcción: “Nos han puesto la electricidad, nos llega el correo; así pues, solo hay que construir”. Así, un joven llora de la emoción porque acaba de recibir una carta, la primera que llega a alguien del campamento, una carta de su abuela. “Ella piensa en mí; gracias a Correos”, dice con lágrimas en los ojos. También parecen afloran en los míos.

De esta forma transita Jean-Henri Meunier, ávido de experiencias y de retos, ensayista, descubridor, innovador y generoso, capaz de sostener y desarrollar con ingenio las situaciones más singulares, lo que no es una cualidad menor en un cineasta.

Guy Chapouillié, profesor de universidad, director de cine y fundador de l’ESAV

Con la colaboración del Institut Français Madrid

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